... Y TODO RECTO HASTA EL AMANECER

Si sabes lo que significa, no te digo nada más, nos vemos allí y lucharemos con los piratas, las fieras y los indios, danzaremos con las hadas y comeremos pasteles imaginarios con los niños perdidos. Si aun así no lo sabes... quizás perdiste un algo dentro tuyo que te impide ver las cosas sencillas e importantes que hay a tu alrededor... búscalo y empezarás a ser feliz.

viernes, 28 de octubre de 2016

¿Castañada, Halloween o Todos los Santos?

Se acerca la noche de difuntos, el paso de octubre a noviembre y las festividades que acontecen en esta época.

En tierras catalanas y aragonesas celebraremos la castañada, en el norte, el magosto (del 1 al 11 de noviembre) y en el resto de la península las festividades de Todos los Santos.

Esto es lo tradicional lo que se ha ido haciendo desde tiempo inmemorial. Claro que últimamente, se ha puesto de moda sobre todo entre los más pequeños, celebrar Halloween, una fiesta que muchos piensan proviene de los EEUU y que hace que los más tradicionalistas se echen las manos a la cabeza y la tilden de comercial y de invasora pero... ¿de dónde viene cada una de estas festividades de verdad Halloween nos ha invadido?

Si escarbamos un poco veremos que nuestra castañada o el magosto (amagüesto en Asturias o Gaztainerre en el País Vasco) la venimos celebrando desde tiempos muy antiguos, allí cuando las tribus autóctonas poblaban los bosques, bien provistos de sus típicos árboles frutales.  Las castañas y las bellotas eran parte fundamental de la dieta entonces y aquellas gentes celebraban la fiesta en agradecimiento por la cosecha.

Si seguimos pensando, algunas de esas tribus eran célticas.  Una de las fiestas celtas más importantes era el Samhain o el año nuevo celta, cuando termina el verano y empieza la estación oscura.  Los celtas pensaban que la línea que separaba nuestro mundo del "otro mundo" se estrechaba al llegar el Samhain y los espíritus, buenos y malos, podían atravesarla.  Se piensa que los disfraces y máscaras seguramente se utilizaban para disfrazarse de espíritus malos y así pasar desapercibidos si te los cruzabas.  Los irlandeses fueron, probablemente, los que traspasaron esta fiesta a tierras norteamericanas y allí se afianzó.  Así que, es posible que podamos decir que Halloween y la castañada tienen los mismos antepasados y raices.

Y, entonces ¿de dónde sale la festividad de Todos los Santos? pues de esa costumbre de la Iglesia Católica de cristianizar toda fiesta pagana.  Si no puedes con ellos, cristianiza sus costumbres.  Por lo visto fué Gregorio III, allí por el año 700 y muchos el que fijó el día 1 de noviembre como la festividad de Todos los Santos y Gregorio IV, unos 100 años después, el que la extendió por toda la iglesia (antiguamente, se celebraba en mayo).

Así que, siendo justos y a mi parecer, Halloween y la Castañada están mucho más emparentados que la fiesta de Todos los Santos.  Todo depende, como siempre, del enfoque que nosotros le queramos dar y de como la trasmitamos a nuestros hijos, sobrinos, nietos, alumnos...  Lo que yo tengo claro es que, si antes de hablar nos molestamos en saber el origen de las cosas, todo se enriquece y en vez de ir destruyendo, terminaremos construyendo.

Que cada cual celebre la fiesta que quiera, lo importante es celebrar, en familia, en comunidad y no dejar que ni una ni otra se pierdan, porque al fin de cuentas son cultura y nacidas de los mismos antepasados.

Otras curiosidades... ¿Por qué comemos panellets, frutas confitadas y boniatos en Cataluña la noche del 31 de octubre al 1 de noviembre?

Pues porque antiguamente, en estas tierras, era costumbre tocar a muerto toda la noche de difuntos desde los campanarios de las iglesias.  Para tan dura tarea, los vecinos ayudaban al campanero y necesitaban productos energéticos que les permitieran esa labor.  Es por eso que comían estos dulces, para resistir toda la noche despiertos y tocando.  De ahí viene la tradición.

Buena fiesta a todas y todos!

sábado, 7 de mayo de 2016

Ansiedad y piscinas cubiertas. Lo dura que podía ser la niñez sobre los 80

Desde los 11 años que no había entrado a una piscina cubierta.  Oportunidades había tenido muchas, pero me era imposible aguantar más de 30 segundos dentro del recinto sin que aquel olor a cloro me revolviera las tripas.  Y no era por el cloro en si, en piscinas descubiertas no me molestaba.  Era todo.  El olor que se metía en las fosas nasales, el ruido apagado y con ligero eco del recinto... todo me evocaba tiempos pasados, tiempos que hicieron que esa sensación de angustia se apoderara de mi cada vez que me acercaba al ambiente caliente y oloroso de esos lugares.

La primera vez que me llevaron a una para aprender a nadar, yo entré con mis manguitos y toda la ilusión del mundo de la mano de mi madre.  Era la piscina del pueblo, flamantes instalaciones deportivas.  Lo recuerdo como si fuera ayer.

Tenía 4 años, puede que 5.  Los monitores me quitaron los manguitos y se los dieron a mi madre "esto no le hará falta".  Me cogieron de la mano, me llevaron al borde de la piscina y me lanzaron al agua.  Sin más.

Recuerdo mirar arriba, ver el agua mientras me hundía e intentar subir, donde muy borroso veía las piernas de dos hombres y un gancho enorme que usaban los monitores con un mango largo.  El agua amortiguaba el eco de lo que decían "vamos, cógelo, coge el gancho".

Cuando conseguí sacar la cabeza y subir los brazos, lo retiraron y volví a hundirme.  Volvía a ver como se alejaba la imagen mientras caía y otra vez, con mucho esfuerzo y terror conseguí sacar la cabeza para ver como ese gancho volvía a ser retirado por aquellas cuatro piernas con bañador slip y yo volvía a hundirme.

Veía las burbujas que salían de mi desesperación y subían, mientras yo bajaba.  "Sácala ya, sácala ya" y el gancho me subió hacia la superficie, haciéndome un daño terrible en la nuca, en donde uno de aquellos hombres, el que no tenía el gancho, me sacaba fuera de la piscina.

Nunca he sabido porque hicieron eso, si querían saber si sabía o no nadar bastaba con preguntar a mis padres.  Lo que si se es que, después de ese día, cuando me tocaba natación yo experimentaba terror, puro terror.  Me escondía en casa cuando veía a mi madre preparar la bolsa y me quejaba de dolores, de fiebre, por tal de no ir.  Lógicamente mi madre me encontraba y terminaba en la piscina.

Recuerdo dos cosas más, una niña que cada vez que entraba vomitaba directamente en las gradas donde dejábamos las toallas y el día en que se suponía terminábamos el primer cursillo.  Ese día teníamos que atravesar la piscina de lado a lado.  Yo fui incapaz, a cada dos brazadas me tenía que agarrar al bordillo mientras el monitor me insultaba.  Le escuchaba llamarme inútil, ordenarme que nadara.  Lo recuerdo ahí en pie, con un bañador rojo, gritándome mientras yo lloraba y le decía que no podía.

Fuimos dos niños los que no lo conseguimos.  Nos pusieron delante de todos para que nos avergonzáramos y viéramos que a los demás les darían unos caballitos de colores y a nosotros no.  Tendría 6 años, el niño un año menos.  Y nos sentimos culpables, tenía miedo de lo que dirían mis padres cuando, la verdad, los fracasados habían sido ellos, esos monitores que habían sido incapaces de conseguir en un curso que yo nadara y sin embargo me crearon un terror que me ha durado hasta hoy día.

Hoy el club de natación de mi pueblo es fantástico, las instalaciones nuevas maravillosas, los monitores infantiles da gusto verlos.  A los míos, los he seguido viendo.  Terminaron trabajando en la brigada de obras del ayuntamiento.  Creo que eso lo dice todo.

Años después, a cualquiera de mi generación que les hables de esos cursillos te dirán horrorizados los nombres de los monitores.  Hablando con mi hermana, ella también evita entrar en las piscinas cubiertas por la misma razón.  Mi pobre madre, cuando después de muchos años lo comentamos en casa, horrorizada se enteró de las prácticas de enseñanza que emplearon con nosotras.  No sabía nada, ella pensaba que bueno, llorábamos por miedo al agua.

Me he cruzado muchas veces a aquellos 3 monitores y, después de tantos años, no puedo evitar sentir asco e incluso, muy a mi asombro y pesar, odio.  Seguramente habrá quien diga que esas cosas hay que dejarlas atrás, pero no puedo.  Estaban con niños, por mucho que antes la pedagogía fuera diferente, hay cosas que no son lógicas e infringir terror para enseñar dice muy poco de ti como persona.
Lo jodido del caso es que no soy yo sola, al principio lo pensaba, mi experiencia fue mía, pero no.  Fuimos muchos niños los que aprendimos allí a nadar y hasta ahora, 30 años después,  todos los que me he encontrado cuentan sensaciones similares y terrores sufridos.

Una pena que antes estas cosas fueran normales y nosotros no supiéramos que podíamos hablar, avisar a nuestros padres, que por el hecho de ser profesores no eran todopoderosos y no tenían la razón.  Pero era lo que nos enseñaban.  Antes por defecto y hoy día por exceso.  Igual en un futuro conseguimos dar a los niños la voz que de verdad tienen, ni la muda como antes ni la verdad suprema como la de ahora.  Entonces, en ese momento, la educación será como ha de ser.

Afortunadamente he de decir que casi tengo superada mi ansiedad sobre las piscinas cubiertas.  El pasado verano me invitaron una tarde.  No podía rechazar esa invitación, estarían los peques de mi amiga y hacía días que no los había visto.  He de reconocer que llegué con nervios, no sabía si aguantaría dentro pero respiré hondo y allí me presenté.

Al principio todo fue bien, estaban en una pequeña piscinita que no hacía ni un metro de profundidad, muy relajante.  Una vez acostumbradas mis fosas nasales al olor y mis oídos al ruido, conseguí apartar recuerdos y disfrutar de la compañía y el baño.

Más tarde el enano pidió que le acompañara a la piscina grande.  Lo hice.  Me quedé fuera mientras él, con sus 5 años, me enseñaba como se lanzaba y nadaba.  Me pidió que me metiera dentro.  Me acerqué y el estómago se me revolvió en el acto y me dio la sensación de que aquella piscina se hacía profunda, muy profunda.  Quería tirarme al agua, como hemos hecho otras veces en la playa o en piscinas exteriores sin ningún problema y era incapaz de dar un paso.  Paralizada totalmente.

Miré al peque, me senté en el bordillo y desde allí me lancé.  !Prueba superada!  Di unas brazadas y a los 5 minutos salí de allí.  Para ser el primer día ya había estado mucho rato.

Terminamos bien la tarde, agradablemente arrugados por el agua y llevando el olor a cloro a la ducha donde al fin pude deshacerme de él.

sábado, 8 de septiembre de 2012

Viaje por el reino Andalusí, comino y cuscus de cordero.

Cuando llevas toda tu vida, desde niño visitando un lugar este pasa casi desapercibido formando parte de tu cotidianidad.  El mundo se hace así pequeñito y en tu memoria, cuando creces y te alejas, parece que allí no exista nada más que el terreno en el que jugabas a fútbol, el camino que usabas para ir a la tienda o la casa del vecino dónde pasabas el rato en las horas de más calor .

Para mi así era la tierra que vio nacer a mi padre, Andalucía se me representaba como unos campos secos donde jugar al fútbol dejándote los pies en los terrones de tierra labrada, olivos interminables para intentar cazar pájaros y nidos, la tienda donde nos mandaba el abuelo a por quintos o vino y el canal de riego que hacía las veces de piscina improvisada.  Eso y un aburrimiento colosal, al llegar a la adolescencia, de horas interminables de sol y de millones de insectos voraces que querían atacarnos sin ningún miramiento.

Y como pasa a veces al crecer regresas, recorres los lugares y te das cuenta que los campos no son tan interminables, los olivos no tienen tantos nidos, el canal se ha secado, la tienda ha cerrado porque ya hay un supermercado en el pueblo y todo el mundo tiene coche para llegarse a el, los insectos son muchos menos (aunque siguen siendo igual de voraces) y mi padre no es de Andalucía, es de Granada.  Y me vais a permitir decirlo así y hacer esa distinción porque, al contrario de lo que se pueda pensar, no todos los andaluces son iguales, no todos hablan con ese acento y deje tan típico que vemos por la tele ni hacen chistes de cualquier cosa.  No.  Un granadino no se parece a un gaditano, ni a un sevillano, quizás si está muy cerca de un almeriense o un jienense pero, cada lugar tiene sus características y cada rincón tiene su propia historia.

Granada es tierra vieja, gastada, como el rostro de un anciano está surcada de líneas, de arrugas.  La historia se escapa detrás de cada piedra, entre los campos, en el fondo de sus pantanos.  Sus gentes parecen convivir con ella como la cosa más natural sin ser conscientes de que son íberos, romanos y ante  todo y más que nada, Nazaríes.
Tierras surcadas de arrugas y de sabiduria como el rostro de un anciano...
 Este verano hemos recorrido el Altiplano, ella de turista, yo de cicerone.  Así nos acercamos hasta la antigua Medina Bastha y descubrimos que aun se puede disfrutar de un hammam (baño árabe) escavado en la misma roca como las casas que lo rodean.  Casas cueva, igual que las famosas de la romana Julia Gemella Acci, conocida en tiempos de la dominación andalusí como Wadi Ash.  Casas cueva como la de mi familia, donde he pasado tantas noches sofocantes de verano al resguardo de sus 18º de temperatura sin darme cuenta de lo escepcional que es eso hoy en día y en la que este agosto hemos descansado sin pasar nada de calor, con sábana, manta, silencio y oscuridad protectora del sueño .

Quise entrar en la capital por el este, yo quería que su primera impresión al llegar a Granada fuera la de su trazado más primitivo, la que te muestra que no vas a encontrar en las tiendas trajes de sevillanas, ni toreros ni gazpacho en cada bar, pero si vas a ver cerámica  tradicional, azulejos granadinos con motivos árabes, taracea, te y especias.

Y llegamos al Albayzín casi al caer la tarde, miércoles de verano, con la ciudad a nuestros pies.  Modernidad y tradición de derecha a izquierda como si de un crono-grama se tratara.  Granada se nos regalaba y no pudimos más que parar y disfrutarla.


Caminar por esas calles, solitarias a estas horas pues la gente aun teme el calor, es un lujo.  Los cármenes te sorprenden tras cada esquina dejando ver sus limoneros, sus macetas y sus azulejos, unos gastados por los años, otros extremadamente cuidados.  Pozos coquetos decoran los patios y los gatos dormitan en sus muros sintiéndose los actuales emires de la antigua medina andalusí.

Y llegamos a la Plaza larga, junto a la Puerta de las pesas, una de las entradas a la Alcazaba Cadima perteneciente a  la primitiva muralla de Medinat Garnata, nombre con el que se conocía el Reino independiente de Granada cuando fue fundado en 1013 por Zawi Ben Ziri. Entrar por ella es andar por los vestigios más privimivos de este mágico lugar.


A estas alturas algo dentro tuyo sabe que la tierra que pisas aun es árabe y el pasar esta puerta, entrar bajo su arco y dirigirte al mirador de San Nicolás no hace más que confirmar esa sensación.  Y es que, por mucho nombre de santo que tenga y mucha iglesia que haya, los ojos se te pierden cuando llegas allí y ves, frente a ti, la Alhambra o Qa'lat Al Hamra, la fortaleza roja.  Iglesias, claustros o catedrales pierden su sentido y se ven fuera de lugar, postizas y usurpadoras del paisaje como faltando al respeto e intentando competir en belleza y seriedad, sin terminar de conseguirlo.


Saliendo de la plaza, a la izquierda, encontramos una verja abierta.  Un cartel nos indicaba que entrábamos en la Mezquita Mayor de Granada y nos rogaba respeto, silencio y recato pues es un centro de oración.  Un señor mayor con barba y la cabeza cubierta por un Kufi daba indicaciones a un jardinero y más allá unos cuantos fieles rezaban dentro del edificio.  Fuera, en los jardines, se respiraba paz y serenidad y los pocos turistas que nos habíamos aventurado a entrar disfrutábamos de las vistas a la Alhambra como un regalo, sin las aglomeraciones y bullicio que había a pocos metros de allí, en San Nicolás.  Una pequeña fuente, un granado, plantas y arbolitos acompañaban el paseo y a pesar de las cámaras de fotos, a mi personalmente me parecía un sacrilegio hablar si no era en un susurro por no perturbar la paz que allí se respiraba.

Y fue al salir, bajando las escaleras que bordean la mezquita por un lado para enfilar el camino de regreso hacia la Plaza Larga cuando ella se detuvo a hacer una foto y un olor a guiso invadió nuestros sentidos.

-Quiero comer de eso, yo quiero algo que huela y sepa así de bien- me dijo.
-Bien, yo te lo haré, no te preocupes.
-¿De verdad?
-De verdad, antes de irnos de aquí, yo te haré algo que huela así de bien.

Y es que ese olor me ha acompañado toda mi vida. Comino sobre todo, dominando y acompañando al clavo, la pimienta, la canela, el pimentón... especias, muchas y variadas, familiares para mi que he crecido entre los fogones de mi madre y abuelas.  Y ese toque, esa mezcla sabia y mágica que aprendí viéndolas cocinar es la que me encontré el día que compré Ras el hannout en una tienda árabe y es el sabor que sentí el primer día que me dieron a probar un plato de cuscus marroquí.  Entonces comprendí que mi padre no era andaluz, era granadino y por mis venas, en más o menos proporción corre sangre Nazarí.

Después de aquella tarde vinieron los días de andar por los palacios y calles de la medina de la Alhambra, de pisar y recorrer el centro de la ciudad con su Alcaiceria que se abre como un zoco árabe mostrando sus telas, plata y taraceas y de encontrar las tiendas y puestos de tés y especias que rodean la Catedral.

Ya de vuelta al Altiplano a la casa cueva de mis antepasados una mañana me acerqué, abajo en el pueblo, a la carnicería.  Allí compré cordero y de camino unas verduras.  Ese día cociné un cuscus que desprendía el olorcito rico del Albayzín.  Así cumplí mi promesa y ella decidió aprender el plato para hacerlo a su familia.

Aquí os dejo el vídeo de como prepararlo.  Las fotos las hicimos el día que le enseñé a cocinarlo, ya de vuelta de las vacaciones.  La última, la del plato montado y listo para comer fue el mismo que yo hice allí para ella, mezclando la tradición y los recuerdos de mi pasado Nazarí.

Que os aproveche!!

domingo, 3 de junio de 2012

De china a méxico, una receta y una buena película

Una de las cosas que hicimos mis amigos y yo cuando conseguimos cierta independencia económica fue dedicarnos a probar cocinas del mundo.  Durante una larga temporada, cuando alguno encontraba un lugar que ofrecía algo interesante terminábamos montando una salida para probar las nuevas delicias que nos abrían, ya que viajar a países lejanos no nos lo permite el bolsillo, una pequeña ventana a los lugares que esos locales gastronómicos representan.

Así, hemos probado cocinas marroquíes, sirias, libanesas, mesopotámicas, venezolanas, chinas, japonesas, coreanas, estadounidenses, africanas, hindúes, francesas, griegas, italianas, alemanas, argentinas, mexicanas... un largo etc que nos mostró sabores aveces desconocidos, maneras de comer inusuales, olores, sensaciones y, por supuesto, decepciones, porque no nos engañemos, muchos restaurantes extranjeros se limitan a transformar su cocina al gusto o ingredientes del país de acogida.  Aun quiero encontrar aquí un restaurante chino que en verdad hagan platos tradicionales de allí.  Solo tienes que ir a Londres por ejemplo, a su chinatown y ver que la comida que te ofrecen resulta irreconocible a lo que nos tienen acostumbrados aquí, no encuentras ni un rollito de primavera y los pollos colgados del pescuezo o de las patas en los mostradores, como aquí los jamones, no se sabe si adobados, ahumados o fosilizados, te hacen pensar que de alguna manera, culinariamente hablando, los chinos españoles nos han timado.

En esta linea anda la recetita que os voy a dejar como regalo.  No, no es china, es lo que aquí conocemos como "cocina mexicana".  Siendo justos más bien tendríamos que llamarla Tex-mex, o lo que es lo mismo  explicado de manera rápidita y para entendernos, como los mexicanos emigrados adaptaron su cocina al gusto de Texas creando una fusión entre ingredientes y costumbres de un lado y otro de la frontera. Y si, eso es lo que nos llega hasta aquí ( los burritos, guacamoles con nachos, tacos y demás).

Enchiladas gratinadas, un platito fácil de preparar y que queda muy chulo y sabroso, de esos que invitas a los amigos y los dejas con la boca abierta y te aplauden, te vitorean y piden que les apuntes la receta aunque luego nunca la hagan y siempre te toque a ti cocinarla por los siglos de los siglos.



Y para terminar la entrada del blog de hoy, esperando que os hayáis ahogado en babas al ver mi suculenta propuesta, os dejo también un secreto y una recomendación.

El secreto... nunca sigo recetas escritas ni publicadas en internet ni en libros.  Normalmente pruebo algo, me gusta,  identifico los ingredientes (esto es deformación profesional si), miro 3 o 4 recetas diferentes para ver la preparación si dista mucho de como yo pienso que está hecho y luego cocino sin seguir más indicaciones, mezclando lo que he visto, leído, probado y, como no, mi experiencia y toque propio.  Así que, puristas en cocina... lo siento, lo mio es la anarquía y si por aquí hay algún mexicano y aprueba mi receta, pues me alegrará mucho saber su opinión y consejos.

La recomendación... un libro y una peli basada en el libro y que, fíjate que cosas, habla de cocina y de la mexicana además y la tex, y es una delicia y además está enterita en el youtube.  Como agua para chocolate.  Aquí la tenéis.






martes, 22 de mayo de 2012

Quién me ha robado el mes de abril? (y el de marzo, febrero, enero...)



A Sabina le robaron el mes de Abril, a mi es como si me hubieran quitado medio año, enterito.

Una vez leí que, el hecho de que los días pasen rápido cuando ya no somos niños es causado por la monotonía.  Cuando eres crío, todo es nuevo, todo es diferente y los días están llenos de cosas que asimilar y recordar, son largos.  Cuando eres más grande, la rutina hace que las cosas sean igual, las hacemos como sin pensar, sin darnos cuenta y claro, los días se nos esfuman.

La Noche Buena pasada la yaya tuvo una caída, desde entonces anda ingresada.  Y, lo que pasa cuando tienes 90 años, te caes y te rompes la pelvis y se te complica todo lo demás... apunto de quedarnos sin ella por varias veces, pasas de tener el corazón encogido cada minuto y cada vez que suena el teléfono (como en los primeros meses) a llevar la vida hospitalaria a tu día a día... siempre igual, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo... son nombres que no tienen significado allí dentro.
En un hospital se vive una rutina continua, los despiertan 2 veces en la noche (a la misma hora... las 00 y las 06), los levantan entre las 09 y las 10 (depende la habitación por la que empiecen ese día), el desayuno será a las 09.00, con las pastillas correspondientes.  A las 13.00 pinchazo para revisar los niveles de glucemia, a las 13.30 la comida y más medicamentos.  Sobre las 17 les llevan un yogur, un zumo o una infusión, a las 19.30 la cena y el resto de medicinas... un día, otro, otro y otro de lunes a domingo.  A los niños los visitan payasos, jugadores de fútbol, artistas... a los abuelos, si tienen suerte, los visitamos los nietos, si no... ni tan siquiera eso.  Triste, pero real.


               
Como familiar tu vida queda marcada por esas horas.  Turnos para acompañar durante las comidas, poder sacar a pasear (entre las 12 y las 13.30), llevar al baño... todo ello  intentando tener una normalidad, ir al trabajo, conseguir un poquito de tiempo para ti o despejar la mente, algo casi imposible cuando a cada paso que das en la calle es explicar una y otra vez  a cualquiera que te encuentras como va la situación.
El tema de conversación principal en casa y fuera de ella pasa a ser... como está la yaya hoy?

Se terminan las horas de comer normales y las de cenar, si tienes tiempo esperas al que ande allí con la abuela, si no, en casa hay 2 o 3 turnos diferentes para la comida.

Se terminan las cosas típicas que siempre hacías en familia como salir los fines de semana o simplemente ir a hacer la compra... la prioridad es esa persona que tienes ingresada, lo demás tiene que esperar a tener un rato libre, a que algún familiar o amigo venga a suplirte y así dejarte alguna hora para escapar al hipermercado más cercano o a hacer algo tan puramente trivial (pero necesario) como dar un paseo.

     

Se termina el carácter conocido de tu madre, de tu padre, de tu hermana, el tuyo y como no, de la yaya. Nervios, tristeza, depresión, agobio, furia, impotencia... todos y ninguno, ahora estas arriba, ahora caes y, cansancio, mucho cansancio, sobre todo mental.

Se termina el descansar, quieras o no tu casa se convierte en una centralita, los móviles y el teléfono fijo suenan y suenan... por la mañana, por la tarde y por la noche... cuando intentas dormir, cuando andas comiendo, cenando, se han dado veces en las que hemos estado 3 personas en diferentes teléfonos a la misma hora.

                 

                 

Se terminan muchas cosas y tu te adaptas para llevarlo lo mejor posible.  No sabría decir mis padres, o mi hermana o mi tía, yo, como suelo hacer en otras situaciones intento descubrir lo que hay de pequeño, bueno y bonito dentro de la situación.

Intentar fijarme en cosas que nunca había prestado atención antes (la Torre del agua de noche es espectacular), hacer sonreír a la abuelita que siempre dice "adeu!!" cuando pasas por su lado y que está cada día sentada en el mismo sitio, disfrutar del sol dando el paseo con la yaya y escuchar por milésima vez la historia de cuando su madre la llevó de promesa a Tiscar cuando ella tenia 8 años, observar la cantidad de pájaros diferentes que viven en los parques que bordean el hospital, sacar hueco cuando no lo hay solo para ir 5 minutos a darle las buenas noches y ver como sonríe cuando entras porque ya no te esperaba y te agarra la mano y no te la quiere soltar, dar un abrazo al despedirte a la compañera de habitación y que se le llene la cara de risa porque a ella también la quieres y la estimas y la tienes en cuenta...


Son cosas pequeñas pero te hacen sentir que no todo es malo, que las cosas bonitas están ahí esperándote y que si vas por la vida intentando ser feliz, la gente que viven en la oscuridad se contagia un poquito de tu luz y, de alguna manera, le cambias la rutina.

La yaya es una campeona, si no pasa nada en un mes, por fin, estará fuera de allí.  Con un poco de suerte, a pesar de tener que acostumbrarnos todos a una nueva vida pues la yaya no va a poder volver a andar, podremos dejar atrás la monotonía.

Quizás parezca extraño que diga esto pero... yo se que en mi casa para ninguno de nosotros la vida va a volver a ser igual que antes.  Demasiados nervios dejan una mella muy grande en el carácter y situaciones tan al límite prolongadas en el tiempo de esta manera te hacen plantearte cosas que antes ni se te hubieran pasado por la mente, para bien y para mal.

Yo se que estoy más irascible y menos paciente y siento la necesidad de escapar, de huir, de marcharme lejos, pero me aprisionan las circunstancias y eso me da agobio.  Como no puedo alejarme físicamente intento hacerlo mentalmente así que mi despiste es mayor y mis lapsus de silencio, o mi aislamiento en mi mundo o en el cuarto del pc también lo son.

Así que, a pesar de que fuera de casa intento normalizar mi vida y actuar como siempre y que dentro de ella todos andamos a nuestro rollo y no nos llevamos muy en cuenta las actitudes, mis disculpas a todos los que me han tenido y tienen que sufrir en los arranques de ira, de frustración o decaimiento y sobre todo mi agradecimiento a las personas que me servís de apoyo y me habéis hecho evadir y sacar una sonrisa los días en los que lo hubiera mandado todo a tomar por..................

P.D.: Hoy la yaya, por fin ha empezado con los fisioterapeutas para fortalecer la pierna y poder valerse lo más que pueda por ella misma.  Está un poquito más feliz y nosotros también.

P.D.: Si no lo digo reviento... Parking del Taulí... 1 hora aproximadamente 2 euros.  Abono semanal, con justificante de ingreso y solo para 1 coche por enfermo... unos 30 euros.  Cuesta más barato aparcar en un centro comercial o en el cine que visitar a un enfermo.  En los 5 meses que lleva la yaya llevamos 600 euros de parking.  Vergonzoso.


martes, 21 de junio de 2011

Maíz

Mis abuelos tenía una casita en el campo y yo crecí ahí, salvaje total.  Me llevaban con ellos desde mucho antes de empezar a andar y allí seguí campando a mis anchas hasta los 11 años más o menos que la vendieron.

Mi abuelo era un tipo especial, raro y con carácter dicen muchos, pero para mi era el hombre más genial del mundo.  Era mi abuelo y era mi amigo.  Ha sido la persona de mi familia con la que he tenido más complicidad y la relación entre los dos, desde que tengo uso de razón, fue siempre de mucho cariño y de camaradería.  Me llevaba a todos los lados, me dejaba todas sus cosas y me daba consejos, de esos que todo abuelo tendría que dar a sus nietos y todos los nietos deberían guardar como oro en paño...

- ... escucha!! no bebas cocacola, tú cerveza, la cerveza es sana ¿me oyes? cuando tengas edad cerveza!...
- ... cuida bien el coche, tenlo bonito, limpio y siempre te responderá...
-... este país está lleno de hijoputas, ¡óyeme bien lo que te digo!, primero fueron los padres dando ostias y ahora se abrazan los hijos a la bandera y se les llena la boca de democracia, pero son todos iguales, no te fies...
- ... tu, como tu abuelo, vas camino de ser aprendiz de mucho y maestro de nada, pero eso no es malo, sabrás hacer de todo...

Y ahí crecí yo, a su sombra, empapándome de sus historias y de la sabiduría del que ha estudiado en la calle a fuerza de trabajo y aun así, era capaz de hablarte 2 idiomas solamente de oírlos en el día a día, sin  más libros y sin más maestros que su propia fuerza de voluntad.

Mi abuelo era un buen cocinero, se prodigaba poco en ello, pero el tipo sabía lo suyo

- Cavo de cocina era yo!!- me contaba 1 y 1000 veces.

Mi primer recuerdo relacionado con la comida, ese en el que por primera vez reconoces un sabor y se te queda grabado para toda la vida ocurrió en la casita del campo y fue gracias a mi abuelo.

Justo frente a la puerta trasera, la que daba a la cocina, había una barbacoa exterior.  Yo andaba haciendo vete tu a saber que por allí, supongo que revoloteaba a su lado porque el andaba en la barbacoa, con su camiseta de tirantes y su sombrerito de paja.  En un momento dado se me acerco con una gran panocha en la mano, humeante, tostada por algunos lados que acababa de asar al fuego de leña.  Sacó su navaja curva, cortó un pedazo y me lo dió.

- Come, verás que cosa tan rica.

No recuerdo en la vida que algo que haya probado me haya vuelto a dar esa sensación de haber descubierto el manjar más maravilloso del universo como me pasó aquel día.  Quizás por eso me encanta el maíz, tostado,  cocido, cocinado, en tortilla, arepas, pupusas, cachapas... da igual la manera, siempre me acuerdo de mi abuelo y siempre encuentro ese sabor, dulce y característico.

Así que no puedo dejar pasar la oportunidad de rendir homenaje a aquel momento y para ello aquí os dejo una recetilla, rápida y fácil.  Suelo hacerla cuando no se que comer pero tengo ganas de algo calentito y rico.  Por otro lado no es una manera típica de ver cocinado el maíz  por estos lares geográficos, así que hasta es original.

Que os aproveche y a ver si alguien se anima a dejar mensaje de cual fue el primer sabor que recuerda!!

lunes, 25 de abril de 2011

CUADERNO DE BITÁCORA DE UN CONTRAMAESTRE

24 de Abril.

Hoy es el gran día. El galeón, majestuoso e impresionante te invita a subir al puente. Ese momento que tanto habíamos esperado, que tanto anhelaste durante meses y que parecía que no quería llegar está apunto de hacerse realidad. Sube, te espera, pero antes, llévate el abrazo de un amigo y un par de consejos de alguien que ya se ha embarcado más de una vez.

Haz grande tu cuaderno de bitácora, el océano está lleno de islas por descubrir y tesoros que esperan ser desenterrados. Pero se prudente, la belleza de su inmensidad es un arma de doble filo que puede llegar a desesperarnos, a arruinar la paciencia del más templado cuando pasan los días y no se avista la tierra deseada, a engatusarnos con su belleza y atraernos hasta su fondo, oscuro, frío y silencioso.

Guárdate de él, domínalo, haz que te respete como tu lo debes respetar, no dejes que te doblegue pero se flexible para aguantar mejor los envites del oleaje.

Pesca en sus aguas, recibe lo que te ofrece, déjate guiar por los delfines y admira las bellas criaturas que saldrán a la superficie al izar las redes. Están ahí para tí.

Pero recuerda que en él también habitan otros seres, terribles y mitológicos, pero no por ello menos reales. Sirenas que buscan perder el alma de los marineros que escuchan sus cantos, monstruos de grandes tentáculos que pretenderán arrastrarte con ellos hacia el fondo o ballenas fantasmagóricas que, como al viejo Achab, te obsesionarán y te impedirán ver el verdadero horizonte.

Déjalos atrás, que no te atemoricen, esa es su mejor arma, conseguir entrar en tu mente para desenterrar todos tus miedos. No los escuches, no los mires, simplemente, pasa de largo, rodealos y fija la vista siempre adelante.

Cuando el viaje se haga pesado, difícil y pienses que las fuerzas te abandonan (porque para que engañarnos camarada días así es fácil encontrarlos, sobre todo al principio de toda aventura que se precie), deja de mirar al frente, levanta la vista, el horizonte te parecerá inmenso, inalcanzable y dudarás si la ruta que trazaste es la correcta. Por el contrario mira hacia arriba, a las estrellas, ellas te señalarán el camino, siempre andan ahí para mostrártelo sin ninguna duda, porque todos sabemos que las estrellas, como esta misión en la que te embarcaste, están hechas de sueños. Sigue el tuyo y no te perderás.

Y si por los azares de la vida los vientos no te son favorables y una y otra vez, te ves varado en medio de la inmensidad, mientras una neblina espesa y persistente te impide mirar a cielo despejado para poder guiarte... si te ves sin salida, angustiado y el día a día se convierte en una carga difícil de sobrellevar... ¡óyeme bien! vira hacia puerto y que nadie te cuestione esa decisión, ¡ni tan siquiera tu propio orgullo!. Amarra de nuevo la nave y baja a tierra con la cabeza muy alta, como un valiente, porque eso es lo que eres, piensa que muchos ni tan siquiera se atrevieron a embarcarse por su sueño y se han limitado a vivir suspirando desde la playa. Tu si lo hiciste, por ese motivo ya mereces todo el respeto y tranquilo, que habrá más islas por descubrir y más barcos donde enrolarse si así lo quieres de nuevo.

Poco más te puedo decir, el resto es cosa tuya. Llena tu cuaderno de vivencias, guíate por tus instintos. Tú, como todos hemos hecho, tienes el derecho (y el deber) de equivocarte, de meter la pata, de pelear con el resto de la marinería, de desobedecer las reglas y las órdenes, de caerte al agua al bajar de las cofas, de rebelarte por vete tu a saber que ideales y de sufrir por algún que otro corazón enamorado. De todo ello aprenderás más de lo que yo pueda enseñarte por mucho que me duela el no poder librarte de algún golpe fuerte que pudieras evitar.

A las 17.49 hora española, desde el muelle, con el sol a nuestra espalda, lo vi partir hacia su destino.

Suerte compañero en tu viaje, yo también quedo con esa inquietud en el estómago y un nudo en la garganta.

Que los vientos te acompañen y te sean favorables. Yo te esperaré en el puerto, donde siempre, sentado en las cajas vacías olvidadas por algún que otro pesquero que nunca regresó. Estaré mirando al mar, como tantas y tantas noches hicimos juntos. Hoy me acompañará una botella.

Esta noche el ron quemará mis entrañas y lanzaré un brindis, por ti, a las estrellas...